"El escondite", Estelí Morales Huitzil

Mariela y su hija procuran salir todas las tardes a tomar un poco de aire al parque de la colonia, después de aguantar las horas más pesadas de calor dentro de su cuarto-hogar. Es un espacio de tres por tres donde coexisten con ellas una cama matrimonial para las dos, una parrilla eléctrica debajo de la pequeña ventana que sirve como respiro de aquel lugar, una cómoda improvisada con tablas y ladrillos y una mesa de madera que hace de comedor y escritorio a la vez. Cuando la niña anuncia que se derrite, Mariela le da la razón asintiendo con la cabeza, y asume aquello como la señal para prepararse e ir a distraerse al parque que, con sus jardineras floreadas, son la principal atracción de esa colonia vieja y olvidada por las autoridades en turno. En ese espacio, hay tres resbaladillas grandes, una pequeña, tres columpios, tres subeybajas y unas bancas distribuidas bajo la sombra de los árboles que permiten un descanso y un respiro, como el que a esas horas buscan Mariela y su hija. También, como parte de la vegetación, se encuentra plantado un pequeño “árbol gordo”, como lo llama la niña, aunque para Mariela parece más una cebolla gigante a medio sembrar con mini tentáculos que le brotan de la parte superior y unas pequeñas protuberancias de las que emerge un ramito de espinas en medio del bulbo, distribuidas de tal forma que a ella le parece que dibujan la abertura de una boca.

Cada tarde, ambas juegan a ser piratas arriba del subeybaja, o en los columpios imaginan que son dos aviones y compiten para ver quién llega más rápido al otro lado del mundo. El juego favorito de la niña son las escondidas y busca las mil maneras para perderse de la vista de su madre quien, sentada en una banca, con los ojos cerrados y las orejas cubiertas con ambas manos, cuenta del uno al veinte. Una cuenta prolongada, sin apuros. Y a la señal de “lista o no, allá voy”, Mariela abre los ojos para echar una mirada a su alrededor. Sabe que el lugar favorito de su hija para esconderse es ese árbol gordo, así que es en el último lugar donde la busca. Ella le ha comentado que este parece una personita graciosa con muchos brazos que al estar cerca le producen cosquillas en su cuerpo.

Esa tarde, más calurosa que de costumbre y, antes de regresar a casa, la niña le pide jugar a las escondidas una última vez. Cuenta hasta 10, mamá. La mitad del tiempo acostumbrado. Mariela curiosa le pregunta si está segura, y ella le contesta que sí. Al llegar al último número, abre los ojos y desde la banca dirige su mirada al árbol gordo porque nota que las hojas largas y rizadas que le sirven de corona se mueven, aunque el viento está ausente a esa hora de la tarde. Mariela piensa que la luz del sol le hace ver cosas que no. Ella se levanta y realiza su búsqueda más lento de lo normal. Revisa las jardineras y sin dejar de reír le pide a su hija que salga, sabiendo que ahí no estará. Despacio, Mariela se acerca al árbol gordo para sorprender a su hija y terminar el juego. A unos pasos de llegar al escondite, ve cómo las hojas que parecen pequeños tentáculos se retraen. La cabeza le da vueltas.

Con el rabillo del ojo alcanza a ver que el piecito de su hija retrocede de manera instantánea. Se lanza con angustia. El zapato de su hija cae de aquella abertura espinosa que parece sonreírle. Grita. Desesperada y con el poco aliento que le queda tira de las hojas sin lograr arrancarlas. Con furia y dolor mancha sus manos de sangre al intentar abrir la boca que se tragó a su hija.


Estelí Morales Huitzil

Escritora y docente de nivel medio superior. Egresada de la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica y de la maestría en Pedagogía. Tengo textos en los espacios digitales de Colectivo Hékate, Especulativas, Histórikas y Sonámbula, así como en la antología de minificción Resonancias (BUAP, 2018); también soy una de las 26 escritoras que conforman la octava antología de Escritoras Mx (2025), con el cuento titulado “Urania”; y formo parte de la cuarta antología de Poesía FENALEM (2026).

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