"La sombra de su llanto", ​Úrsula Rodríguez


​Todas las noches la escuchaba llorar. Siempre gritaba lo mismo: que él estaba ahí, en algún rincón de su habitación, escondido en la oscuridad. Como tantas veces, me sentía cansada; no quería lidiar con su enfermedad. «Enferma» era lo más sensato que le podía diagnosticar. Las horas en mi trabajo habían sido largas y llegar a casa me pareció una eternidad. Pasé por comida rápida y un vino tinto que relajara mi ansiedad, que me diera la tolerancia para cuidarla un día más.

​Desde pequeñas fuimos muy unidas, mi hermana y yo. Solíamos disfrutar de la vida. Ella siempre fue diferente: del tipo lectora e investigadora de eventos paranormales. Nunca me metí con eso; ella era feliz y yo, pues mi abogacía no me daba para inmiscuirme en cosas que, para mí, no tenían sentido. Salíamos a bailar, a comer o solo a caminar. Eso nos bastaba para ser las mejores amigas.

​Un día, de pronto, llegó a mi hogar. Me pidió asilo, pues en su casa ya no quería estar. No indagué mucho al respecto; vivía sola y tener a mi hermana en casa me resultaba acogedor. Atribuí todo a que quizás un exnovio la estaba molestando y no pregunté de más.

​Ha pasado un mes y cada noche es igual. Entre sus gritos, le doy el último sorbo a mi copa y me dirijo a aquietar sus pesadillas. Al abrir la puerta de su habitación, la escena esta vez es distinta. Ella está sentada mirándome. Lo hace tan fijamente que me hiela cada centímetro de la piel. Su cuerpo, pálido bajo la luz de la luna, está erguido, contemplándome solo a mí. Recupero mi voz y le pido que vuelva a dormir, que no hay nadie ahí. Su cara, casi transparente, me regala una sonrisa tan perturbadora que mis escalofríos parecen hacerme explotar. Los controlo. Tal vez el vino está haciendo de las suyas.

​Vuelvo a mí. Con paso firme, me acerco a ella, la tomo de los hombros y la acuesto. Casi al soltarla, siento su respiración agitada en mi oído. De reojo, veo su mirada: sus ojos parecen más grandes de lo normal, con las pupilas dilatadas y negras. Imagino que la luna, a través de la ventana, y el contraste de la oscuridad le dan ese efecto. Me alejo. No me interesa lidiar con esto y procedo a retirarme.

​A mis espaldas queda ella y escucho una risa. Al voltear, ella duerme. ¿Lo estoy imaginando? Justo cuando decido convencerme de que es así, de la oscuridad sale una sombra delgada y alargada. Mis piernas no responden. Aquella oscuridad se aproxima a mí y de ella nace una anciana encorvada que me mira y comienza a reír. De golpe, se calla. El velo en su cabeza le cubre parte del rostro. Pasa de la risa al llanto, un llanto muy conocido para mí. Después, me susurra: «Es mía».

​Yo, al fin, salgo corriendo de ahí y me encierro en mi habitación. Pasé la noche obligándome a creer que todo fue producto de ese maldito vino. Mi hermana murió esa noche. Por la mañana la encontré fría, tendida en su cama. Mi presente está lleno de preguntas. Mi consuelo es saber que un día he de morir y, tal vez, cuando me encuentre en ese punto entre la vida y la muerte, la vuelva a ver a ella o a la anciana, y me den un porqué.



​Úrsula Rodríguez 

(Aguascalientes, 1989) es escritora, editora independiente y apasionada de la narrativa de terror, la poesía oscura y los géneros especulativos. Ha publicado los libros Corazones y Almas, el poemario Dualidad, y el cuento infantil Iván Alejandro, El viajero del jardín. Su obra también forma parte de antologías internacionales de poesía y proyectos de audio-literatura, explorando los límites entre la fantasía y la oscuridad.

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