"La máquina vacía", Débora Hadaza

Son las tres de la mañana y Mariana se despereza después de trabajar varias horas detallando la interfaz que recrea parte de Ecatepec de Morelos y los alrededores de Héroes de Tecamac, en el Estado de México entre el 2012 y el 2019. Necesita precisión, para ello empata la memoria de Jorge con el registro del Google Maps. Trabajar en los recuerdos de su hermano la agota. Jorge, lo que resta de Jorge es como un trapo sucio y deshilachado, una vez que regresa la conciencia a su cuerpo este se desbarata aún más.

–Ya no más –dice Jorge entrecerrando los ojos y apretando los nudillos.

–No, ya no más, por hoy –le contesta Mariana golpeando suavemente con la uña la jeringa antes de inyectarle morfina en el suero– relájate.

–No, ya no más nunca, por favor –suplica Jorge antes de entrar en un sueño que cada vez le parece más corto y turbio.

–Tú sabes lo que hiciste, no te puedes ir sin darme todos los datos y sin recibir todas las actualizaciones, pero por hoy descansa –responde Mariana besando lentamente la frente sudorosa de su moribundo hermano, aunque sin poder controlar el asco.

La verdad el trabajo no ha terminado ni por hoy. Ella seguirá trabajando con las proyecciones inconscientes que su hermano produzca mientras sueña. A veces los sueños le resultan más útiles que los recuerdos. Sembrar en su inconsciente planes de un sadismo inenarrable, escenas violentas en las que él es el agresor y no la víctima, regentar su dolor transmutándolo en odio y rabia, porque es la única manera en que pueda usar a su hermano hacerles justicia.

A las cinco de la mañana se toma un café expreso y se mete a bañar. En dos horas estará impartiendo cátedra en el Broad Institute, que comparte el MIT con la Universidad de Harvard sobre “Entornos virtuales para conciencias humanas extendidas”, diplomado creado por ella y auspiciado por TCKR COMPANY, empresa con la que el MIT ha desarrollado varios programas y experimentos desde hace diez años, y de la que ella es la principal desarrolladora. ¿Quién iba decir que una niña mexicana, refugiada, con sus dos padres muertos, una hermana asesinada por una narcopandilla y un hermano casi catatónico por las adicciones, sería la responsable de quizá el más ambicioso proyecto para la expansión infinita de la conciencia humana, en el 2020?

Con el cabello chorreando sale de la ducha e inhala dos líneas, necesita despertar del todo o su cuerpo terminará estropeando sus planes. Una vez que logre extraer de su hermano toda la información sobre los asesinos de su hermana mayor, e instalar en su conciencia las actualizaciones geográficas y faciales de los lugares del crimen y los asesinos, todavía queda la gran tarea de encontrar el perfecto cuerpo robótico para el nuevo Jorge donde instalará esa conciencia turbada. Quisiera poder enviarlo antes del 2025, detallado, exquisito, el cuerpo perfecto de un vengador imbatible. Volcar en él toda la brutalidad y rabia que hubieran sido necesarias para defenderlas a ella y a su hermana del sadismo y la maldad de una pandilla de adolescentes paupérrimos. Pero Jorge nunca fue así. No podía serlo, era el hermano menor, el hermanito consentido, el mocoso malcriado y metiche que infiltró el horror en su pequeña familia.

Se lava los dientes mientras se enfunda los jeans. Afortunadamente nadie le pide a las científicas lucir sexys, ni siquiera verse un poco agradables. A nadie le importa la textura de su piel o que la ropa entallada muestre su figura. Les importa que saque adelante proyectos que desmientan la finitud humana, que desdoble su inteligencia y transforme la potencia de la personalidad individual llevándola a un multiverso funcional y casi eterno. A diferencia de los ingenieros abocados a la Inteligencia Artificial, que pierden tiempo capacitando a un potencial enemigo; ella, usando a TCKR COMPAN, está volviendo a la humanidad casi tan potente como Dios. La infinitud, omnipresencia y omnipotencia que siempre se han atribuido a la divinidad ahora, con la tecnología desarrollada por ella y su equipo, lucen más cercanas que nunca. Una vez que se desarrolle cabalmente el docker hospedador de la conciencia, aunque el cuerpo físico se pudra, el ser humano podrá seguir viviendo con todas sus capacidades de creación, disfrute y desarrollo intelectual. Ya no serán necesarias las religiones porque el cielo y el infierno serán obsoletos. Cada quién podrá elegir la o las realidades virtuales que quiera experimentar, de modo que es ella y no el cristianismo quien ha logrado que sea “sorbida la muerte en victoria”. Sin embargo el éxito de su investigación no tiene solo esta aspiración. Las personas en plenitud también podrán disfrutar los beneficios de la conciencia extendida. Cualquiera que pueda pagarla, podrá descargar su conciencia en distintos dispositivos que ejecuten su voluntad. Ahora el mismo sujeto podrá estar en dos, tres, o diez lugares a la vez, –como cantidad de cuerpos robóticos pueda pagar–, y realizar en distintos cuerpos pero una sola conciencia, distintas vidas. “Serán como dios” dice el eslogan. Y a la creadora de dioses, ¿quién se atreverá a cuestionarle su apariencia?

Obviamente toda esa tecnología aún está en proceso. Pero ella sabe que la meta está próxima. Lo sabe porque los experimentos realizados en la conciencia de su hermano cada día dan más frutos. Ha guardado tantas tomas de la mente de Jorge que una vez que muera podría dejarlo descansar con todo y su conciencia bajo tierra. Una copia de él, que no le causara ni un ápice de dolor moral al Jorge verdadero, bien podría completar su obra y así permitir que su estúpido y católico hermano, “conserve” su alma y se pudra en el purgatorio por toda la eternidad.

Pero ¿por qué haría eso? ¿Por qué tener compasión de quien destruyó a su familia y le trastornó la vida? Piensa, mientras jala las llaves del carro con una mano y con otra carga un termo lleno de café, sosteniendo con la boca una manzana. Algunos colegas se burlan de ella, ¿si es tan genial, por qué no se ha duplicado? Sería estupendo contar con una asistente tan meticulosa y perfeccionista como ella, tener un sirviente robótico que le cocine sus alimentos dignamente, incluso que le sirva de chofer. Pero ella no está desarrollando todo eso para su beneficio personal. Al menos no ante los ojos de los demás. Nadie sabe que experimenta con su hermano, ni tampoco de sus planes personales. Casi nadie. Para lo único que ha servido Jorge en la vida es para ser su conejillo de indias particular. De cuando en cuando Mariana siente algo de escozor al usar a su hermano como vil cacho de carne pero entonces recuerda a sus padres, a don Jorge Domínguez y Matilde Salazar, cuyos cuerpos fueron sepultados en una fosa común de la que nadie conoce su paradero. Sus cuerpos ya podridos fueron encontrados por la policía, después de que en su desesperación ingirieron veneno para ratas en la azotea del único cuarto de vecindad que pudieron pagar, porque fueron empobrecidos hasta el extremo de vender su pequeña casa de interés social para pagar el abogado que sacara a su hijo de la correccional, y al coyote que lo sacara del país.


****


Mariana está sonriente, hace años que no la veía así, incluso se ve hermosa, aunque siendo honestos –piensa Jorge– siempre ha sido hermosa pero rara vez sonríe.

–Si ya estás lista, doctora, podríamos evitarle a este chaval la agonía, una vez que su conciencia se conecte con el sistema nervioso de ese nene –dijo el doctor Balmaceda tocando el cuerpo robótico– y se revitalice con la potencia de su cuerpo, ni siquiera tendrá que morir.

–¿Cómo ves, hermanito? –preguntó Mariana inclinando la silla a la que está atado Jorge para que pueda ver el cuerpo inerte pero poderoso del robot que lo albergará– esta será tu nueva casa. Mira, ¿a poco no reconoces tu rostro?, creo que le atinamos hasta en el color exacto de la piel –remató buscando la sonrisa cómplice de Balmaceda.

–Nada de “le atinamos”, doctora, yo me pasé horas buscando y creando ese tono. Ves, chaval, es tan guapo como tú, solo que un pelín más fortachón.

–Mariana, no –contestó débilmente Jorge sin siquiera mirar a Balmaceda, que al escucharlo se quedó algo pasmado.

–No digas tonterías, Jorge, ya lo hablamos, te sentirás nuevo y libre en este super cuerpo, además –agregó con ojos burlones y un gesto con la mano en la boca como si hablara en secreto– este cuerpo no es adicto a nada.

–Mariana, por favor, te lo suplico, no, no, déjame morir, tú sabes que estoy muriendo ya, libera mi alma por favor– rogó Jorge con toda la intensidad. 

–Los perros como tú nunca han tenido alma.

–Por favor, Mariana déjame ir con Dios, no me obligues a regresar, yo no quiero ir a matar a nadie, por favor, Mariana, déjame morir –gritaba Jorge con verdadero terror.

–Anda ya, Balmaceda, hagamos la conexión entre máquinas –respondió Mariana visiblemente furiosa, ignorando el ruego de Jorge.

–Mariana, por favor, ¡Jesucristo, ayúdame! –el llanto de Jorge seguía inundando el laboratorio.

–¿Estás sorda o qué? ¿No escuchas al chaval? –replicó Balmaceda conmovido.

–A chillidos de marrano, oídos de carnicero –contestó Mariana.

–¿Eres gilipollas o nada más una gran hija de puta?

–Tú y yo tenemos un trato Balmaceda, dijimos que lo íbamos a hacer hoy, te di el adelanto acordado y nunca he faltado a mi palabra, así que agárrate los huevos.

–Yo no sabía que tu hermano, el tío que vamos a meter en mi coso, ni de coña quiere estar en él. Es más ni sabía que lo tuvieras atado aquí a esta silla, parece un Hannibal Lecter, me sorprende que no le hayas puesto un bozal.

–Debí ponérselo.

–¡Basta, tía! Estás pirada de la verga.

–¡Esta pirada de la verga te ha pagado cada dolar acordado, no me jodas y haz tu puto trabajo!

– ¡Mi puto trabajo no es esclavizar a nadie, no me pasé tanto años jodiendo al gobierno, ni terminé exiliado en esta mierda de país, para joder a un tío que a mí no me hizo nada. Tienes decenas de copias de su conciencia, ¡deja en paz al chaval!

– No funciona igual, esto no es una película, Balmaceda, necesitará tomar decisiones, dar respuestas, razonar, incluso improvisar, necesito alguien vivo ahí adentro.

–Pues refúndete tú, o usa una IA, pero a este chaval lo dejas morir en paz.

–¡Él no merece morir en paz!

–¡Era un puto niño, hija de la gran zorra, no entiendes, no quieres entender, un niño de once años amenazado, traumatizado, inducido a las drogas, ¿qué poder tiene un niño de esa edad?, ¡joder! Le habéis chingado la vida todos, la pandilla mexicana y tú, ¡dejadlo en paz!

–¡A ti qué chingados te importa, haz tu trabajo, toma tu dinero y lárgate!

–Pringada de mala madre, quédate con tu dinero, trágatelo con toda la mierda que te salga del coño –gritó Balmaceda, al salir solo se escuchó el motor de su auto perdiéndose.

Mariana, en medio del laboratorio, parecía un maniquí a punto de pulverizarse. Se quedó de pie unos segundos mirando al vacío hasta que por fin su cuerpo cedió. Jorge la miraba con lástima, hacía días que la fiebre y los espasmos no le daban tregua, sabía que no le quedaba mucho tiempo. Mariana tirada en el suelo miraba el techo, poco a poco sus lágrimas comenzaron a escurrir, primero en silencio, después con un cada vez más violento sollozo, hasta terminar temblando en el piso.

–Mariana –la llamó Jorge suavemente y ella aunque lo oyó no quiso responder– Mariana, lo siento –dijo, y sus palabras causaron un efecto de granada expansiva en su hermana. Se levantó como bólido y apretó las manos atrayendo los brazos hacia su pecho conteniendo su intensa rabia.

–¡Te odio con toda mi alma, inútil, completamente inútil y miserable, te odio con todas mis fuerzas, te debiste ahogar en el río Bravo, te debiste haber muerto en una sobredosis, ¿por qué chingados no te mató a ti el puto Sargento?, ¿por qué estás vivo tú y no mis padres y Rubí?, ¡¿por qué, asqueroso, insecto, mierda, por qué solo tú pudiste sobrevivir?!

–Ya casi muero.

–Pudiste servir de algo, pudiste pagar algo, tu pinche existencia pudo tener algún sentido.

–Solo quiero regresar a Dios.

–Dios no existe, pendejo, tu vida miserable se extinguirá sin propósito, tu cuerpo de mierda, lleno de toxinas, se quemará hasta ser nada.

–Yo sé que Dios existe porque me libró de tu mano, iré a su presencia y por fin enfrentaré un juicio justo. Sé que soy culpable, que desde los diez años soy culpable, pero quizá él vea lo que nadie pudo ver en mi caso y tenga piedad de mí.

–Si Dios existe te irás al infierno, pero como yo no creo en él no lo sabré, quizá de ahora en adelante para animarme tenga que imaginar cómo te retuerces en el fuego implacable, mientras miles de gusanos se comen eternamente tu cuerpo, quizá para dormir me arrulle con tus gritos sin tregua y sueñe cómo se desfigura tu rostro al calor de las llamas. Por lo pronto ya te cargó la chingada, hermanito, no habrá más morfina para ti, tendrás un anticipo del infierno en tus últimas horas de vida. Aquí morirás –dijo apagando cada aparato del laboratorio, cada lámpara, el reproductor de música que instaló exclusivamente para relajar a Jorge, y desenchufando sus jeringas para el suero con analgésicos y morfina– sin música, sin luz, solo, como la rata miserable que siempre has sido.

–Mariana –dijo una vez más Jorge antes de que ella saliera del laboratorio en medio de la oscuridad.

–¿Qué?

– Yo siempre te quise, tú fuiste mi hermana favorita.


Débora Hadaza

Ciudad de México. Licenciada en Composición Musical por la UMSNH y psicoanalista por la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Ha publicado Histerias de la Memoria, en 2020, el poemario Yo soy voz y Trucos para no enloquecer, ambos con Editorial Endora. En el 2025 Hysterias de Memoria, Pulsión y Olvido con editorial Revontuli e Historias de Horror Doméstico con Morgana Ediciones.

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