"El viento del acantilado", Taryna Esther Valverde Flores
El viento del acantilado traía olor a salitre y madera podrida. Julia no lo notó al llegar. Solo le interesaba terminar su novela lejos del ruido de la ciudad.
La casa gris estaba construida al borde del océano Pacífico. Era antigua, fría y demasiado grande para una sola persona. En la sala había un espejo de marco de bronce, decorado con peces y algas. El propietario aseguró que pertenecía a la casa desde hacía décadas.
Durante las primeras semanas, Julia escribió de madrugada, acompañada únicamente por el sonido de las olas. Sin embargo, el cansancio comenzó a alterar sus sentidos.
Una noche pasó frente al espejo mientras se acomodaba el cabello. Continuó caminando, pero algo la hizo detenerse.
Su reflejo se había movido un instante después.
Julia regresó y levantó la mano. La mujer del cristal repitió el gesto con un leve retraso.
—Estoy agotada —se dijo.
La siguiente noche, el retraso fue mayor. A las tres de la mañana, Julia pasó frente al espejo y vio que su reflejo todavía estaba de espaldas. La imagen tardó varios segundos en girarse.
Luego levantó las manos.
Julia reconoció la lengua de señas que su abuela le había enseñado durante la infancia.
Los dedos formaron dos palabras:
AGUA SUBE.
Julia retrocedió.
Su reflejo golpeó el vidrio con desesperación. De sus ojos y de su boca brotó un líquido oscuro. Antes de que el espejo se cubriera por completo, la mujer deletreó:
HUYE.
Un ruido profundo salió del baño.
Julia corrió hasta allí. El desagüe expulsaba una espuma negra y el suelo estaba cubierto de humedad. El olor a mar llenaba la casa.
A la mañana siguiente llamó al propietario.
—El espejo está defectuoso.
—¿Qué espejo?
—El de la sala.
—En esa casa no hay ningún espejo.
Poco después llegó un empleado llamado Esteban. Julia lo condujo hasta la sala, pero el hombre solo vio una pared vacía.
—Aquí nunca hubo nada —afirmó.
Antes de marcharse, dejó una tarjeta sobre la mesa. En el reverso había una frase escrita a
mano:
No abras cuando golpee tres veces.
Esa noche llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes.
Otra pausa.
Tres golpes.
Julia no se movió.
—¿Abuela? —susurró.
Al otro lado escuchó una voz infantil.
—Julia, abrime. Tengo frío.
La madera comenzó a humedecerse. Julia corrió a su habitación y encendió la computadora.
El documento de su novela estaba abierto. Solo había escrito una frase:
El viento del acantilado traía olor a salitre y madera podrida.
Debajo apareció una línea nueva:
La niña escuchó tres golpes en la puerta.
Julia cerró la computadora, pero el texto continuó escribiéndose:
Su madre estaba atrapada en el sótano.
La abuela le ordenó que no abriera.
Julia sintió un dolor agudo en la cabeza.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
Tenía seis años. Había visitado aquella casa con su madre y su abuela. Una tubería había
explotado en el sótano. El agua subía rápidamente mientras su madre golpeaba la puerta.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes.
Otra pausa.
Tres golpes.
—¡Mamá, está ahí! —gritó Julia.
—No abras —ordenó su abuela.
—¡Se está ahogando!
—No abras.
La niña obedeció.
Después, el agua alcanzó el espejo.
Julia se levantó de la cama. Frente a ella, la pared comenzó a cubrirse de humedad. Poco a
poco apareció el marco de bronce.
El espejo estaba allí otra vez.
Su reflejo levantó las manos y formó una frase:
YO SOY JULIA.
Julia negó con la cabeza.
—No.
La mujer del cristal señaló hacia abajo.
El vidrio se volvió transparente.
Al otro lado apareció una habitación inundada. En el fondo había una niña con un vestido blanco. Sostenía una taza rota y tenía el rostro de Julia.
La niña movió los dedos:
VOS SOS LA COPIA.
Julia retrocedió.
—¿Qué significa eso?
La niña señaló el agua.
Entonces Julia comprendió.
La verdadera Julia había muerto en aquella casa, arrastrada por la inundación después de negarse a abrir la puerta. Su abuela, incapaz de aceptar la pérdida, había conservado sus recuerdos en el espejo. Con los años, la memoria había formado una copia: una mujer adulta que escribía, hablaba y creía haber sobrevivido.
Pero nunca había salido de aquella casa.
El agua comenzó a cubrir el suelo.
La niña del espejo se acercó al cristal y apoyó la mano.
Julia hizo lo mismo.
El vidrio cedió.
Una corriente helada la arrastró hacia el interior. Antes de desaparecer, vio a su madre al fondo de la habitación, inmóvil entre las sombras.
No parecía enojada.
Solo esperaba.
A la mañana siguiente, Esteban encontró la casa abierta. No había rastros de Julia. La sala estaba vacía y el espejo había desaparecido.
Sobre la mesa, la computadora continuaba encendida.
En la pantalla se leía:
La mujer comprendió que un espejo no siempre refleja el rostro. A veces conserva aquello que nadie se atreve a recordar.
Esteban apagó la computadora.
Entonces escuchó golpes en la puerta.
Tres.
Una pausa.
Dos.
Otra pausa.
Tres.
Desde el interior de la casa, una voz infantil preguntó:
—¿Vas a abrir?
Taryna Esther Valverde Flores
Taryna Esther Valverde Flores nació en Managua, Nicaragua, en 1986. Es escritora y poeta, integra El Movimiento Internacional, El Universo de Letras Poéticas. También es miembro del Círculo de Lectura Leonel Rugama. En 2026, su obra fue incluida en diversas antologías y revistas literarias nacionales e internacionales como Letralia y Santa Rabia Poetry.



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