"Desgarradura", Alba Celeste López Huerta

Toda vida comenzaba con el corte del cordón umbilical y el desgarramiento del saco gestal. No obstante, a mí me había tocado reaprenderlo muchas veces. Había innumerables casos de organismos que aún no habían podido eclosionar; algunos llegaban a permanecer así durante toda la eternidad.

Después de que había logrado salir, a los catorce años, del saco amniótico, aquellos seres que permanecían toda su vida guardados en su esfera roja me producían repulsión. Desgarré con mis propias manos la pared roja que me mantenía suspendida en su líquido nutricio. Era como habitar un agua infinita donde no existían las palabras, solamente la sensación de un cuerpo alimentado por otro cuerpo. Yo era una masa amorfa, sin rostro, que se movía sin voluntad propia, temerosa y dependiente.

Pero un día aquella agua comenzó a ahogarme. Desperté impulsada por una fuerza que venía de quién sabe dónde. Abrí los ojos y contemplé el espacio en el que permanecía: el saco gestal. Lo rasgué con mis propias manos y salí apresuradamente. Tomé una bocanada de aire, como cuando un sueño te expulsa de golpe hacia la vigilia: un balde de agua fría, una ráfaga inmediata que sacude todo el cuerpo.

De mi nariz brotó un líquido rojo y espeso. Tosí con fuerza para expulsar el agua y permitir que mis pulmones inhalaran el primer sorbo de aire: el más delicioso, el más angustiante, el más vital. Ahora era una mujer capaz de sostener su propia alimentación y su autonomía económica y emocional. Aunque al principio tuve muchos accidentes, comencé a aprender.

Contemplé mis manos y sus relieves geográficos. Observé mi cuerpo en movimiento. Desde niña había tenido que ser adulta para sostener a otros adultos que permanecían como niños, conectados todavía a sus sacos gestales de alimento.

Fui adulta desde muy pequeña debido al peso de las responsabilidades. Mi madre también había crecido demasiado rápido: tuvo que criar a sus hermanos y mantener activos sus sacos gestales mientras su propia madre trabajaba. Por igual, mi abuela había crecido muy rápido para ayudar con el cuidado de sus nueve hermanos. Parecía una constante entre nosotras tener que crecer antes de tiempo para hacernos cargo de los cuidados y de esos sacos gestales que sostenían amplios aspectos de la vida cotidiana.

Sin embargo, había quienes jamás llegarían a salir de su saco gestal. Únicamente cambiaban de fuente de alimentación. Resultaba agotador encontrarse con uno de esos especímenes; podían absorber hasta las ganas de vivir.

Aquel día estaba recostada sobre el suelo, observando el cielo. Escuchaba una canción de la chilena Camila Moreno. Entonces se acercó una enorme esfera roja. Rodaba y rodaba. Parecía un adulto atrapado en su saco gestal, buscaba una fuente de alimentación. Se acercó como queriendo conectar su cordoncillo a mí.

—No, gracias —le dije.

Y toda vida comenzaba.


Alba Celeste López Huerta 

(Morelia, Michoacán, 1997) es filósofa, escritora y aprendiz de bruja. Actualmente estudia un doctorado en filosofía. Ha publicado los cuentos: "El llanto de la Coatlicue" en Monstruas, Brujas y Feministas; "El musgo silvestre" en IV Antología de Escritoras Mexicanas: Voces en el Desierto; "La cuidadora" en blog Especulativas; "Colorear los miedos" y otros textos en Antroponómadas; y "Sin lugar para esconderse" en la antología Palestina Libre. Mujer habitada por palabras, escribe historias que viven en su cuerpo y luego hacen su propia vida.

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