"Los ojos se acostumbran a la oscuridad", Alejandra Tello
La tía Ofelia se volvió alcohólica cuando su novio murió en aquel incendio que acabó con la oficina postal. Era bombero, eso cuenta la familia.
A mí me da miedo entrar a su casa, siempre oscura y con ese olor a humedad vieja. Supongo que no fue así toda la vida, pero no puedo imaginarla de otro modo. La puerta principal es extraña y angosta, se ve que la cambiaron, lo digo por el parche de tabiques que completa el hueco.
Adentro no se distingue nada y se podría pasar a tientas si no dieran más miedo las paredes remojadas. Hay un pasillo al centro con dos habitaciones de cada lado. Yo no las conozco, lo único que alcanzo a ver son los huecos negros y sé, por mi abuelo, que están llenas de cajas y muebles amontonados. Él es hermano de la tía y el único que todavía la visita.
No hay más que un foco encendido, está en el comedor, al final del pasillo. Yo creo que también es viejo porque apenas ilumina. Si te sientas en la silla del fondo puedes ver una parte de la cocina con su refrigerador enorme, de esos que ya no existen en ninguna casa. El baño está a un lado y la puerta lo tapa casi todo, menos la orilla de la tina y una de las patas de metal que la sostiene.
El abuelo me lleva en fin de semana o vacaciones y la tía, con su voz de aguardiente, le pregunta lo mismo cada vez: ¿esta es la hija de Adriana?, sí, le dice su hermano. Entonces ella voltea a verme y sonríe con sus ojos nublados, con su cabello canoso y mal cortado, con sus verrugas en la cara y sus batones enormes.
Yo respondo con una sonrisa que no alcanza a serlo. Luego me pregunta si quiero leche con galletas y digo que sí. Me siento en la silla del fondo porque me gusta ver la tina y su pata, imaginar a la tía sumergida mirando el techo del baño a través del agua, pensando en su novio, en el incendio y en la oficina postal.
Cuando trae la leche y las galletas tomo una por una y las remojo mientras los escucho. Saben raro, como esa bebida de fermento que me dan en el desayuno, pero no importa, yo me acabo todo lo que me sirve porque además de miedo, la tía me da pena, por eso acompaño al abuelo.
Siempre platican entre ellos, yo no hablo, solo pienso mis opiniones. Lo que sí hago es asentir o negar con la cabeza, dependiendo si estoy de acuerdo o no. Por ejemplo, si el abuelo dice, es que ya no debes recibir a esos hombres, Ofelia, refiriéndose a los compañeros de trago de la tía. Entonces yo muevo la cabeza diciendo que no, porque siento que el abuelo tiene razón.
Ella le contesta, no los recibo, Andrés, nadie entra a mi casa, tomamos en la banqueta. Y no estoy segura si eso es mejor o peor. Volteo a ver al abuelo para hacerme una idea y su gesto dice que es peor, pero ya no insiste, se enoja y permanece callado. La tía agacha un poco la vista y sus hombros se caen como si pesaran. Luego se aprieta las manos mientras piensa otra cosa para decir.
Y ¿cómo está María?, pregunta después de un rato. Bien, gruñe el abuelo. ¿Y las muchachas? También, responde entre dientes, suspira y se da por vencido, sabe que la tía no tiene remedio y a él le da tristeza lastimarla. Eso se lo dijo a la abuela el otro día.
Para cambiar el tema, platican de cosas de antes. Nunca del bombero. Yo pongo mucha atención porque a veces se quedan callados a mitad de una frase, se miran, me miran y yo me hago la que remojo galletas a ver si siguen, pero no. Después de esos silencios se dedican a nombrar parientes desconocidos que viajaban en tranvía y escribían cartas.
Yo me adormilo con sus voces y con el olor a humedad, hasta que el abuelo se levanta, saca los recipientes que llevamos y se los da a la tía. Luego nos despedimos porque hay que llegar a la hora de la comida, si no nos regañan. Ella sale a la puerta y nos dice adiós con la mano, yo también agito la mía y con los ojos entrecerrados por la luz, sonrío.
Cuando vamos de regreso avanzo saltando en un pie y luego en el otro. A veces el abuelo me pregunta si me gusta acompañarlo, yo le respondo que sí sin dejar de saltar. Hasta le dije que si quería ya no iba a la escuela para venir más días, pero me contestó con su voz seria que tengo que ir para no ser como la tía.
Yo me quedé pensando si se refería a su novio, al alcohol o a las dos cosas y le pregunté… Él se asustó mucho con lo del novio y me pidió que nunca nunca le dijera eso a la tía porque se iba a poner muy triste. Yo le respondí que nunca nunca lo haría. Entonces preguntó, cómo sabes eso, la abuela y tus hijas estaban platicando, no debes escuchar las conversaciones de los grandes, …, qué más dijeron, nada más.
No es cierto, la abuela dijo que el señor bombero era un hombre bueno y que Dios se lo había llevado para salvarlo de la tía y castigarla por sus pecados. No se lo dije, para no lastimarlo. También escuché cuando le contaba a las vecinas que la tía la acusó de robar unos anillos muy finos que guardaba en la alacena.
Tengo tantas dudas y no sé a quién preguntarle. El abuelo no me dirá nada y en la casa, menos. A mi mamá no le gusta que venga, me dijo que la tía fue mala con ellas cuando eran niñas y tuvieron que vivir ahí. Luego puso su cara triste y se quedó callada.
Yo me sentí mal y al mismo tiempo quise saber más de esa casa. ¿A qué olía?, por ejemplo. Si las ventanas estuvieron abiertas, porque no imagino a la luz y al viento entrando. ¿Cómo era la puerta principal? Si se encendía más de un foco en las noches, si ponían música, ¿qué comían, a qué jugaban? Si se bañaron en la tina. ¿La tía fue joven? ¿Cómo era su novio? ¿Llegaba vestido de bombero? ¿Qué pasó el día del incendio?
Claro que no pregunté nada. Mi mamá solo quería escuchar que jamás volvería y no se lo dije aunque me miró directo a los ojos hasta que los bajé y mis hombros cayeron como si pesaran. Entonces apreté mis manos, igual que la tía, para ver si se me ocurría otra cosa que platicarle, pero con ella no funciona.
La abuela sabe toda la historia y podría interrogarla. El problema es que no me da confianza, la he escuchado varias veces contando cosas distintas a cada una de sus hijas. Espera que estén solas y les habla de las demás, se queja de lo groseras que son con ella y ruega a la escuchante en turno que no se lo diga a nadie.
También tiene la costumbre de meterse en la recámara donde dormimos mi mamá y yo. Un día la descubrí esculcando los cajones y me dijo que estaba buscando sus lentes, que de seguro yo los había escondido. Me enojé mucho, pero no supe contestar. Ella se salió y me quedé pensando que me trata así porque no tengo papá, bueno, sí tengo, pero ya no viene.
Por eso el abuelo es el que me deja las monedas cuando se me caen los dientes. Yo sé que lo del ratón no existe, me lo dijo mi mamá porque según ella es bueno que las niñas no tengamos fantasías y sepamos la verdad. Por eso no le cuento mis cosas, ella no entendería que hay magia cuando pongo los dientes debajo de la almohada y trato de no dormirme para descubrir al abuelo y por más que lo intento nunca lo logro. Al despertar, mis dientes desaparecieron y en su lugar hay dos monedas brillantes.
Guardé las últimas porque dice mi mamá que ya terminaron de caerse. Tenía muchas ganas de enseñárselas a la tía y que fuéramos por dulces, pero ya no pude. La última vez que estuve en su casa fue el día que murió. El abuelo la encontró en la mañana tirada en el baño a un costado de la tina, desnuda y morada. Se había asfixiado con su propio vómito.
Él siempre tuvo miedo de que eso ocurriera. Cuando salía a visitarla se lo decía a la abuela y ese día volvía a contarlo a cada persona que llegaba. ¿Verdad, María, que antes de venir te decía que tenía miedo de encontrar a mi hermana muerta y tú me contestabas, no pienses esas cosas, Andrés, encomiéndala a Dios y vete tranquilo?
Yo asentía con la cabeza y la abuela respondía cada vez con menos ganas. Luego al abuelo se le ocurrió decir que seguiría visitando la casa para no dejar sola a su hermana y todas se enojaron. Estás loco, papá, vende la casa, qué vas a hacer aquí, Ofelia ya no está, no vas a dejar sola a nadie, esto es un mugrero. Decían casi a gritos.
El abuelo volteó a verme y me preguntó si yo lo acompañaría. Antes de responder sentí cómo los ojos de mi mamá me electrocutaban por la espalda, así que tomé aire y tratando de no mirarla, sonreí y le dije al abuelo si de camino podíamos comprar leche y galletas. Él también sonrió y contestó que sí con la cabeza.
También pensé otra cosa que no dije. Cuando el abuelo se vaya, igual que la tía, yo seguiré visitándolos para que no estén solos. Ya no siento tanto miedo, hasta creo que alcanzo a distinguir las cosas que hay en los cuartos: los muebles, las cajas y una gabardina con un casco colgando al fondo.
Los ojos se acostumbran a la oscuridad.
Alejandra Tello Vidal
(CDMX, 1978). Estudió
Ciencias de la Comunicación y Lengua y Literatura Hispánica en la UNAM. Entre
sus publicaciones están: “Presencias” (2000), crónica sobre el asesinato de una
estudiante en el marco de la huelga universitaria de 1999; “Confesiones”
(2019), cuento ganador del XXVII Certamen Literario Juana Santacruz, organizado
por el Ateneo Español; “Interior 407” y “Con los ojos abiertos”, cuentos
publicados en la revista Página Salmón. Sus cuentos aparecen en las antologías:
“Cántaro de voces. Escritoras mexicanas”, presentada en La Casa de las Américas
de la Habana, Cuba y “Pasiones y venganzas”. También ha publicado textos
literarios en los espacios virtuales de
Histórikas, Especulativas y Sonámbula, dedicados al fomento de la literatura, la escritura y la
reflexión histórica, con un enfoque de género.
Ig: @alejandratellov
Fb: Alejandra Tello



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