"ENTrE costureras", de AdriAcosta-Bañales
Lo que más caracterizaba al taller de maquila era el ruido de las máquinas de coser, de las planchas industriales de vapor, las orleadoras, las cortadoras de tela. No había espacio para el silencio, ni siquiera a la hora del almuerzo en el improvisado comedor. El cúmulo de voces rebotaba sin cesar entre las filas interminables de máquinas, una frente a la otra, separadas por estrechos pasillos inundados de borras, trozos de telas, hilos y sudores agrios.
Los viejos extractores de aire colgaban de las oscuras paredes en esa enorme galera ubicada en el sótano del decadente edificio y, junto a los enmohecidos aparatos de aire acondicionado, más que desempeñar sus funciones, lo único que hacían era intensificar el ruido. Los lúgubres sanitarios no se escapaban a las incesantes vibraciones sonoras, rechinidos de puertas, llaves goteando, extractores de olores rugiendo, lámparas titilantes.
Cada día, invariablemente, las costureras iniciaban su jornada con una mirada tranquila y la terminaban con pupilas dilatadas, enrojecidas, con visión borrosa; sus rostros morenos y vivaces se transformaban en pieles pálidas con músculos a punto de paralizarse; las conversaciones afables cambiaban a palabras inconexas, pronunciadas por lenguas languidecidas, incapaces de articular frases coherentes; sus espaldas erguidas, se curvaban envejecidas durante las ocho horas de trabajo; sus manos, sus diestras manos llagadas, laceradas por las agujas, quemadas por los vapores, inflamadas, deformes, se iban a casa agonizando.
La situación era cada vez más preocupante, las dinámicas se modificaban a pasos acelerados. Las conversaciones se encendían con facilidad, no sólo se gritaban entre ellas por motivos banales, sino reñían hasta llegar a los golpes. El aumento en el consumo de analgésicos, ansiolíticos, antidepresivos, reguladores gastrointestinales y del sueño era alarmante. Durante las últimas semanas, dos de las trabajadoras más dedicadas terminaron en urgencias por los accidentes que ocurrieron durante sus labores cotidianas y una más por un pre infarto.
Rosa y Elena, encargadas de las guardias matutinas, vespertinas y nocturnas, conversaron sobre las cosas tan extrañas que les estaban ocurriendo. Rosa dormía profundamente después de cada jornada. Las últimas semanas a pesar de llegar exhausta, le costaba mucho conciliar el sueño y cuando lo lograba tenía una pesadilla recurrente, escuchaba un sonido a la distancia, repetitivo, como de metales viejos rechinando lento, la intensidad del golpeteo incrementaba en un remolino tan explosivo, que lograba despertarla. Sentía los latidos galopantes de su corazón y el líquido transparente que salía de su oído. Al principio no le dió importancia, hasta cuando despertó llena de sangre brotando de oídos y nariz. Corrió al baño a limpiarse y casi grita al ver sus ojos frente al espejo…
Al día siguiente le contó a Elena lo que le había ocurrido. Ella espantada, le dijo que había tenido pesadillas similares, pero en vez de rechinidos, escuchaba golpes como de martillos, primero lentos, luego se aceleraban hasta ensordecerla. No despertaba porque volvían a bajar de volumen y frecuencia, repitiendo el ciclo una y otra vez, como en una terrorífica espiral interminable. Una mañana notó un moretón en su hombro, después fueron otros en la espalda y le mostró horrorizada a Rosa lo que ahora había aparecido en piernas y brazos…
Intuían que algo más allá de los quehaceres costuriles les estaba afectando a todas. Había algo en los baños, ambas lo vieron de reojo en el reflejo de los viejos espejos rayados y rotos. Era una especie de sombra vibrante, oscura, fría, pegajosa, enmohecida, se movía tan rápido que parecía aparecer y desaparecer como espectro. Ninguna consumía medicamentos que les provocaran algún tipo de alucinación. Estaban seguras de lo que habían visto.
El ente vibratorio ocupaba todo el espacio, anulaba hasta el silencio interno. Abarcaba cada resquicio de cada mujer, sin dejar lugar a pensamientos, sentimientos, emociones, a cualquier indicio de quietud que las llevara a hacer algún tipo de pausa para descansar, para reflexionar, que amenazara al automatismo, al individualismo, al aislamiento, a la sumisión.
La intuición que las alertó, las guio en sincronía hacia una idea común para librarse de la amenaza: atrapar y desaparecer al ente. El plan era extremadamente arriesgado, cada mujer debía sostener la respiración, mientras Rosa y Elena cortaban el suministro de aire hacia el sótano y encendían la cámara de vacío. Sin partículas en el aire, las vibraciones serían incapaces de propagarse, de ocupar espacio, pero tampoco el vital oxígeno estaría presente en esos minutos.
Todas estuvieron de acuerdo, su condición era tan desquiciante, que decidieron ejecutar el plan. El ente vibratorio golpeó con todas sus fuerzas durante los primeros segundos, los rostros de cada trabajadora palidecieron, los músculos de sus cuellos cedieron y sus cabezas se desplomaron sobre las mesas, inconscientes, moribundas. El taller entero quedó en una pausa sepulcral.
Segundos más tarde, las costureras recobraron el conocimiento, desapareció el tinnitus, escucharon sus latidos, reconocieron sus voces internas y las de sus compañeras, tenían la certeza del regreso del silencio, volvía la esperanza de la expresión colectiva en sus voces enmudecidas.
AdriAcosta-Bañales
¿Quién soy?
Soy mujer,
un sistema biológico
abierto en capas,
mi cuerpo,
esta nave evolutiva
hecha de capas
que se crean
se destruyen
me transforman.
Capas de parásitos y simbiontes,
de luces y oscuridades,
de abrazos y rechazos,
de cariños y abandonos,
de silencios y tormentas,
de gozos y tabúes,
de menoscabos y esplendores,
de cicatrices y tersuras,
de memorias y vacíos,
de erotismo y censuras,
de sueños y realidades,
de ignominias y dignidad,
de soberbia y sencillez,
de escarnios y empoderamientos,
de maternidades y egocentrismos,
de frustraciones y plenitud,
de colapsos y fortalezas,
de violencias y ternuras,
de injusticias y condecoraciones,
de espinas
que atraviesan mi piel
en gritos de amor
del amor inefable
que soy yo, Adriana,
que eres tú,
que son ustedes,
que somos todas.
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Gracias Adriana, necesitamos tus letras.
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