CUMPLEAÑOS, de Diana Hernández
La
brisa marina era más bien fría y apestaba a pescado podrido, en el malecón casi
no había nadie, iban a dar las once de la noche, desde las diez había partido
el yate que paseaba turistas por la bahía y no regresaría hasta pasada la una
de la madrugada, el ambiente ruidoso y etílico de Acapulco ahora estaba en el
mar. Un auto que pasaba bajó la velocidad, buscando, acechando; la pareja que
iba a bordo se detuvo cerca de un Oxxo y habló brevemente con un viene-viene al
que todos conocían como el Norteño, era un tipo alto y rechoncho al que le
faltaban varios dientes, sus cachetes eran de un color rojizo requemado por el
sol, como camarón cocido. El Norteño hizo un gesto señalando a Allison que
esperaba sentada en una banca de piedra junto a un árbol, la mujer del carro interrogó
con la mirada a su acompañante, el cual hizo un gesto negativo, entonces se fueron
acelerando.
Allison
tenía la piel morena, el cabello largo y castaño deslavado por el mar y el sol,
sus ojos achinados estaban embellecidos con sombras color rosa con brillitos,
sus labios delgados tenían un escandaloso color rojo, en su cuerpo delgadísimo lucía
un top de tubo color morado, que dejaba ver sus brazos llenos de jiotes y una
falda con vuelos de color fiusha. Miró a la pareja irse, le dio gusto que se
fueran, tenía frío y hubiera preferido irse a dormir, había trabajado desde el
mediodía y también tenía hambre, pensó que, si lograba levantar un cliente, le
darían algo de piedra y se sentiría mejor. En eso, vio que la camioneta de la
ñora Mary se estacionaba y de ahí se bajó Mía, quien corrió a reunirse con
ella. El Norteño se acercó a la ventanilla y se puso a platicar.
Cuando
Mía llegó con Allison le preguntó:
—¿Nomás estás tú? ¿Y todas las demás?
—Pos trabajando, ¿de dónde vienes tú o qué?
—Estaba con un alemán bien chistoso, ni le entendía qué me decía.
—¿A dónde te llevó?
—A su hotel, estaba re bonito, con una albercota y hasta me invitó unos tacos.
—A mí luego esos no me gustan, te llevan al hotel y ahí luego se ponen bien
pinches locos, luego hasta te quieren amarrar y pegar.
—Sí me ha pasado, pero doña Mary dice que le avise cuando regrese para que les
cobre más a los cabrones.
—Sí, ¿verdad? Y luego hasta te da más piedra para que se te olviden los
chingadazos.
—Yo prefiero el chemo, con eso sí no sientes nada, ni frío, ni hambre, nada de nada… —dijo Mía, mientras se miraba las manos regordetas y jugaba con sus pulseras de plástico multicolor; ella tenía la piel muy oscura, los ojos redondos y grandes, la nariz chatita y los dientes muy blancos, era más bien rellenita y de baja estatura para su edad, usaba un vestido azul eléctrico que le quedaba entallado y delataba una barriga redonda, pero de la parte de abajo era muy suelto y con encaje, usaba unos huaraches que tenían flores de fomi.
En
ese momento la camioneta de doña Mary se arrancó y el Norteño se acercó con
ellas.
—A
ver, morras, dice doña Mary que si cuando regrese el yate no levantan nada, nos
vamos a ir al Afrodita o al Tavares; ¡Así que pónganse abusadas, eh!
Las
dos sólo asintieron con un gesto entre fastidiado y cansado, el Norteño se
enfureció y les gritó:
—¡Miren pinches huercas, más les vale que cuando llegue un cliente quiten esa
cara de mierda, si no quieren una putiza! ¡Pendejas! ¿Qué creen que yo no me
canso de estar cuidándolas?
El
Norteño se alejó, sacó un carrujo y se puso a fumar para calmarse. Aprovechando
la distancia, Mía le preguntó a Allison:
—¿Supiste lo de la Nayeli?
—¿Cuál Nayeli tú?
—Esa que hace como medio año se juntó con un chavo de la banda, y se fueron a
vivir allá por las fábricas.
—Creo que sí la conozco, tuvo un bebé, ¿no?
—Sí, esa mera, dicen que se puso un pasón y se salió de su casa y dejó al niño y
al novio.
—¿Y luego?
—Pos la encontraron en la barranca hace tres días, la picaron hartas veces,
dicen que casi no se reconocía.
Allison
no dijo nada, no le gustaba hablar de esas cosas. Mía empezó a cantar un
reguetón, luego se acordó de otro chisme y le dijo a Allison.
—Oyes, y ¿te acuerdas del Manolito, ese que es mayate?
—Sí, el que trabaja por Caleta, ¿ese qué?
—Pos
ya se supo que tiene el bicho, el SIDA.
—Yo
creo que por meterse con puro viejo joto, ¿verdad?
—Sí, guácala, a mí por eso no me gusta hacerlo con rucas.
—Pero
si te manda la doña tienes que ir, a mí tampoco me gusta, pero pagan bien.
—Pus
sí, pero sólo si me dan piedra o pvc, así nomás, no me gusta.
Se
levantaron rápidamente al ver que un auto se acercaba, pero al ver que seguía
de largo se volvieron a sentar. Mía se quedó mirando al Norteño, pero él seguía
ocupado con su porro, luego volteó a ambos lados del malecón, para ver si
alguien se acercaba, cuando vio que no había nadie cerca, le habló a Allison en
voz baja.
—Oyes, ¿te digo un secreto?
—¿Qué?
—Hoy es mi cumpleaños, bueno ya casi se acaba, ya van a dar las doce…
—¿De veras? ¡Felicidades! —dijo Allison mientras la abrazaba.
—¡Suéltense! ¿Qué son pinches tortilleras o qué pedo? —les gritó el Norteño mientras se carcajeaba.
Allison soltó a Mía.
—¿Y pos cuántos cumples?
—Cumplo diez años.
—¡Ah! Yo cumplo catorce el otro mes; qué suerte tienes, con esa edad debes tener
hartos clientes y luego que te ves más chica.
—¡Sí! —respondió con una breve sonrisa que de inmediato se convirtió en un gesto amargo, empezó a juguetear otra vez con sus pulseras, les metía un dedo y le empezaba a dar vueltas hasta que se le ponía casi morado. Allison la miró y le dijo:
—Ya
van a dar las doce y se va a acabar tu cumpleaños, ¡ya sé, párate, vamos a
jugar!
—¿A jugar? ¿A qué? –dijo mientras se levantaba.
—A las vueltas, mira así —Allison empezó a girar con los brazos extendidos a los lados —Rápido, rápido ¡hasta que la falda se levante!
Mía comenzó a dar vueltas, primero despacio, luego más rápido; los vuelos de su falda se levantaron, Allison tomó a Mía de las manos y dieron vueltas juntas. —¡No me vayas a soltar! —gritaban las dos, El Norteño les gritó:
—¿¡Ora
por qué dan vueltas, pendejas, son pinches perinolas o qué chingados?!
Ellas lo ignoraron, el cielo estaba despejado y la luna brillaba, todavía faltaba un rato para que diera la una y el yate volviera, mientras giraban y giraban.
Diana Hernández
Nació en la CDMX. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado sus historias en las espacias de Sonámbula, Especulativas e Histórikas; así como en las revistas digitales Tiempo UAM y Condominia; también en la antología virtual Pasiones y Venganzas. Obtuvo la Mención Honorífica del Concurso de Cuento Satírico “Gonzalo Martré” con el cuento Miel y Mariposas. A veces se le enredan los sueños con la realidad y aprovecha para sacar sus traumas, entonces escribe.



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