Dos relatos eróticos de Diana Hernández

 Mi objeto de placer


A primera vista todos me parecían iguales, pero me fijé en ti porque destacabas sobre los demás. Traté de no ilusionarme, había tenido muchos parecidos y después de un rato me aburrieron. Decidí darte una oportunidad, te sentí ligero y suave. Me miré al espejo y no pude evitar sonreír. Ya no me resistí y te llevé conmigo.

Una vez en casa tuve que probarte de nuevo. Tu fricción con mi boca es tan agradable, tan íntima. Incluso siento un placer egoísta al pensar que mis amigas desearán tenerte.

Te has convertido en mi favorito, quiero que seas el único que me bese la boca, que me provoques una sonrisa, en más de una ocasión he estado tentada de morderte, pero me contengo pues no deseo dañarte.

Después de bañarme, con el cabello goteando y la piel tersa, anhelo sentirte. Mis labios resecos extrañan la fiesta que inicia con tu presencia. Entonces te tomo, te descubro. Me muerdo los labios saboreando tu cercanía. Al acercarte a mí, percibo tu delicioso aroma, me tomo un momento y dejo que tu olor me inunde mientras cierro los ojos y la piel se me eriza.

Quisiera restregarte en mis labios, llenarlos de ti, desbordarlos. Pero me reprimo, tomo un poco con la punta del dedo y lo deslizo despacio en mi labio inferior, sólo un poco. Tomo otro poco, repaso las comisuras y llego al centro de mi boca. Sin poder evitarlo chupo mi dedo, golosa, siento tu sabor cremoso y dulce.

Sin importarme ya nada te oprimo contra mis labios, con fuerza, ya no me importa si te dañas, eres tan sedoso y te deslizas exquisitamente.

Ya no puedo detenerme, continúo por mis mejillas, mi cuello. Tú formas líneas gruesas, besos, flores rojas por todo mi cuerpo; a lo largo de mis brazos. Haces espirales en mis senos, recorres mis costillas y bajas por mi vientre. Coloreas mis muslos, pienso en lo divinos que serían esos otros labios si los besaras, sí, sólo un poco, por favor. Pero ya no puedes, te has terminado.



Vulvástica


Ella es hermosa, tiene los labios carnosos, su monte de Venus está cubierto de suave vello oscuro, a veces lo tiene que recortar un poco porque si está muy largo limita su sensibilidad. 

Aprendió del placer desde que su dueña era una niña, juntas aprendieron el arte de acariciarse. Así, desentrañó los misterios del placer, y todo ese conocimiento lo guarda celosamente en su clítoris. Dicen que cuando comparte el gozo, se ilumina tanto que nadie se resiste a su luz y caen en un desmayo lujurioso que borra cualquier preocupación o dolor.

Le encanta que la saluden a la europea, con dos besos y le digan “Holalalalala”. Su dueña utiliza faldas largas y holgadas y ninguna prenda interior, esto es porque a Vulvástica le gusta nutrirse de todo lo que la rodea y transformarlo en algo placentero para quien tiene la dicha de conocerla. Disfruta que la besen y la acaricien, si lo hacen con verdadera entrega serán recompensados con los sabores más exquisitos y aromas cautivantes.

Cuando su dueña está ovulando, a Vulvástica se le altera el juicio, se le alborota la hormona y le sube la temperatura, sonrojada y sensual, coquetea sin remedio. Durante la menstruación, es su momento favorito para el auto placer, caricias lentas y suaves que provocan orgasmos prolongados para ayudar a su dueña a disminuir los posibles cólicos y, aunque no los tenga, siempre es mejor prevenir.

Vulvástica vive para dar y recibir placer, se dice que posee los secretos del universo, la sabiduría de las ancestras y el instinto primitivo de las animalas. Hay quien dice que no morirá nunca, que las diosas le permitirán acceder a un estado de conocimiento orgásmico eterno. Así sea.




Diana Hernández

Nació en la CDMX. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado sus historias en las espacias de Sonámbula, Especulativas e Histórikas; así como en las revistas digitales Tiempo UAM y Condominia; también en la antología virtual Pasiones y Venganzas. Obtuvo la Mención Honorífica del Concurso de Cuento Satírico “Gonzalo Martré” con el cuento Miel y Mariposas. A veces se le enredan los sueños con la realidad y aprovecha para sacar sus traumas, entonces escribe.



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